Una saga llamada “Chicohouse”.


Maestro pecho Palomo esq. Cachavientos.

Maestro pecho Palomo esq. Cachavientos.

Recuerdo que siempre he sido más menos ducho pa’ los nombres. “Chicohouse” nació por allá por el año 1997 en referencia a su parecido con la gran Kame House del maestro Roshi de ‘Dragon Ball’, que era el punto de encuentro de todos los personajes en medio de la acogedora isla Tortuga en medio del océano.

La casa de mi compadre Chico quedaba en Puente Alto y lejos de estar solitaria, estaba junto a la de otros amigos como el Memo, el Pato, más allá del Freddy y a unos minutos del Fabián. Muchos de ellos amigos desde la época del liceo de donde veníamos saliendo.

Por eso un día sin quererlo, grabadora de audio en mano, provista de su respectivo cassette, decidimos inmortalizar una salida de amigos. Sana, sin reventones, pero con tallas, chistes y risas que dieron origen a una saga entrañable de capítulos bajo el sello “Chicohouse”, que era el campamento base antes de las incursiones nocturnas.

Fiestas notables, tiempos más ingenuos. La llegada del nuevo milenio eran días de expectativas distintas a las de estos días. Sin celulares, sin Youtube, Facebook ni menos Twitter. ¡Si ni siquiera teníamos Fotolog! Lo más práctico era el MSN. Así y todo, sin cámaras digitales, mi cámara a rollos imprimió varios álbumes con nuestras andanzas. 

"Tequila Boys".

“Tequila Boys”.

Chico, Pato, Memo, Freddy, Fabi, Toño, Rapo, la Vale, las hermanas Galaz, los muchachos de la Parroquia. Muchos quedaron registrados en esos cassettes y otros menos en las fotos.

“Tequila Boys” nos decíamos, y es que el copete por esos días era haaaaarto más barato. Varias veces tuvimos anécdotas notables; unas muy divertidas y otras no tanto, con hospital incluido. Pero no éramos malos cabros, por el contrario, pecaríamos de pavos hoy, pero lo importante es cómo nos divertimos ayer.

El Beto, el Nano, el Coke, Fabrizio, El toqui, Coquingo, Peter y Paul, la Rosita eran refuerzos ocasionales para amenizar una madrugada con una guitarra, cantatas caminando y daba lo mismo si habían chicas o no. La concentración tenía que ser en “Juan Pinto”, esa mística plaza, minúscula entre dos pasajes de las calles de la villa. El bebestible y las cosas pa’ picar se compraban en ‘los locales’, ese grupete de comercios en la esquina junto a los semáforos, que le otorgaba otro aire, otro status a ese sector. Trago, picadillo y por supuesto ‘la cábala’, algún chocolate o menjunje por el estilo que augurara una linda jornada.

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“Juan Pinto”.

¡Bailábamos “Red” po won! el lento era de Savage Garden o Take That… y por supuesto la pelota de espejos del Chico era referente obligado del carrete y nuestro free-pass a otros carretes, a veces con exceso de equipaje. Juan Luis Guerra y Chichi Peralta sonaban en las movidas en una época de hartas melenas, pelo largo y coles de género en las muñecas. De hecho después nos juntábamos los domingos a fermentar en la cancha frente a la Parro para hacernos los deportistas. Fue de mis grandes épocas de arquero.

“Ese farol no alumbra, que alumbre ese farol”. Esa cancioncita eterna era el prólogo del posterior “Jóvenes pistoleros”, una descarga urinaria desafiante por plena calle. No éramos muy doctos la verdad…

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Año nuevo del cambio de milenio.

Dicen que uno se queda con lo bueno. Benditos sean esos recuerdos. Jaja… son más de 70 cassettes con farras, salidas y viajes, incluso intenté replicarlos en otros grupos pero no cabe duda que “Chicohouse” tiene un ingrediente único, compartido con la memoria particular de cada uno y donde cada personalidad ponía lo suyo. Hoy cuando hay cámaras digitales, smartphones, redes sociales y acceso a registros de múltiples formas, aún así nada se compara con esos verdaderos documentos históricos.

Sonando “Mal bicho” de Los Cadillacs. Los revoltijos etílicos iban desde el tradicional ‘diablito’ al bidón de ponche en todos los colores imaginables. Podríamos escribir miles de caracteres en torno a esas noches, menos tóxicas de lo que ustedes piensan pero más divertidas que todos los años que vendrían luego, de los tiempos de decisiones importantes que a regañadientes te hacen madurar sin previo aviso.

Años de solidaridad para acoger a los amigos, sin importar sus antecedentes porque lo valorable era el ahora. Así fue como conocí familias queribles, cada una con sus propias características pero con un corazón gigante. Hasta hoy agradezco esa generosidad.

Siempre quedarán en mi memoria Memo y su melena bailando disco como el florero del carrete, Toño, sus jeans rotos y su chamaca azul, y por supuesto, yo intentando registrar cada detalle para la posteridad. “Chicohouse” forever.

“Evrypari guanasei yeah… yeah!”  “Evrypari guanasei yeah… yeah!” “Evrypari guanasei yeah… yeah!”  Andaaa…

Apóstol Matías. Mansión Galaz, 1999.

Apóstol Matías. Mansión Galaz, 1999.

*Dedicado a todos los amigos de aquellos días. Me considero un bendecido por haberlos conocido.

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