[Valparaíso] Valpo día 2


Después de un primer día que nos dejó con piernas adoloridas y tras ese ejercicio de reconocer el nuevo lecho, apostamos en la mañana por el desayuno en la residencia de turno: hostal Caracol, sin embargo el resultado fue desilusionante. El plan de desayuno en comunidad no nos funcionó muy bien, sobretodo por la falta de coordinación de parte de quienes debían estar a cargo -que brillaron por su ausencia- y la aleatoria apatía de los comensales que nos tocaron.

Valpo, paraíso gatuno.

Valpo, paraíso gatuno.

Por si fuera poco de lo que había sólo rescato el pan amasado. El jugo estaba pésimo, y eso que me gustan aguados, pero hacer jugo en polvo y con exceso para turistas es de pésimo gusto, más con jarro todo manchado. Porción de cereal, leche… poco espacio para moverse, refrigerador abarrotado, etc. Nada invitó a que siguiéramos utilizando la cocina el resto de la estadía. Ni siquiera poder utilizar la cocina (donde cada uno lava su loza) o el refri se añade como punto a favor. Acogedor para unas cosas, impersonal y apático para otras. Mueca para hostal Caracol.

Al bajar al plan utilizamos las escalas del cerro Bellavista, esas mismas que nos recomendaron que no utilizaramos por la noche porque se convierten en improvisados pubs al aire libre, con todo lo que ello implica (baños, botellas rotas, basura, etc.).

Los troles: mamuts del transporte.

Los troles: mamuts del transporte.

Valparaíso está lleno de escalas y también de las llamadas ‘bajadas’. Al llegar a Ecuador, una de las más populares por estar llena de bohemia, pubs, sitios para comer, comercio, botillerias y una salvadora parada de colectivos a múltiples destinos, la locomoción aguarda para ir al sector norte del puerto (hacia Viña). Abordamos un trolebus ($200 a $300) y que es un clásico. Amplio, sin prisa, da lo mismo su ritmo cancino ya que las distancias no son largas. Así llegamos a Colon y la posterior avenida Argentina, esa vía ancha con un gran bandejón central que suele dar la bienvenida a quienes llegan desde Santiago.

Caracterizada por una escultura gigante de cables enlazándose, es también un buen momento para bajar e ir preparando el retorno con la compra de pasajes, en el terminal de buses frente al Congreso Nacional -un engendro arquitectónico- en avenida Pedro Montt. Así caminando casualmente por Montt/Argentina llegamos a la sombrerería Woronoff. Un sitio clásico y lleno de historia, donde uno se remonta en el tiempo.

Woronoff, un clásico de los sombreros.

Woronoff, un clásico de los sombreros.

Aunque íbamos sólo por vitrinear, salimos con un sombrero (y no son baratos pero es precio de mercado por la excelencia) todo debido a la labia y el carisma de don Francisco. Un vendedor con enganche, de los antiguos, que sabe atraer a los ariscos clientes que se dan maña para entrar y mirar curiosamente las cajas apiladas que dan fe de la historia de la tienda.

Así llegamos al terminal de buses y… no había confirmación de pasajes hasta el día siguiente, cuek!. Aprovechamos para ir a dar una vuelta al mercado Cardonal, sino el polo más importante de mercaderías del mar y agrícolas del puerto (más aun cuando el del barrio puerto salió de servicio) que está una cuadra hacia la costa.

Rodeado de un sinnúmero de locales y acogiendo numerosas cocinerías, llama a estar alerta de los bolsos pero también es lugar de vitrinear para comer sano. Como dato la Quesería Puerto Octay doblando por Montt con Uruguay es de miedo, hasta tiene queso gruyere.

Tras dar una vuelta nos vamos al barrio puerto para saldar una deuda a la hora de almuerzo. Tomamos la 702 y de inmediato nos llama la atención la conversación entre una española y el conductor de la ‘liebre’. Ella se sienta adelante mientras su acompañante se va por el pasillo. Así nos enteramos de los detalles de su viaje y por ejemplo que nuestro chofer trabajaba en una gigante automotriz en España y se vino después de la crisis, ya que de ganar 1.600 euros al mes le rebajaron a 800 para luego despedirlo. Ahora arrienda su depa en Madrid pagando con eso mismo las contribuciones. La turista las emprenderá luego a las Torres del Paine (y eso que están en crisis y llegan en lote a Chile).

Cochrane 498.

Cochrane 498.

En el barrio puerto llegamos al restaurant y marisquería Don Vittorio, (Cochrane 498) un boliche que nos llamó la atención el día anterior sólo por la publicitada vitrina hablando de la visita del reconocido crítico gastronómico Anthony Bourdain. Aunque lleno, pasamos a un espacioso subterráneo donde abundan las familias y como todo local porteño aparece un cantante popular.

Esperamos poco más de media hora pero andábamos sin prisa. Los platillos estaban buenísimos y el precio está dentro de lo que otorga en sabor ($9.000 p.p). No siempre estuvieron ahí pero debieron trasladarse desde el clausurado mercado debido al terremoto.

Puedo dar fe de los ostiones a la parmesana (8 unid. por cerca de 3.500 pesos) y aunque consideramos la docena de machas y algún ceviche, opté por la albacora a lo pobre (puf! tremenda) y la negra hizo lo propio con una reineta con ensalada creo.

Al salir con la barriga llena y ver la inmensidad de la escalera de Cordillera, no había duda, teníamos que usar el ascensor ($100). Así que desde la parte doblamos una calle a la derecha y la inmensidad del puerto y sus caseríos cayendo de los cerros apareció ante nosotros en un mirador natural.

Ascensor El Peral.

Ascensor Cordillera.

Ahí también pasó algo peculiar; un carabinero (que allá pueden andar solos y no necesariamente en pareja) cuando ponía el timer para una foto nos preguntó de dónde éramos advirtiendo que tuviéramos cuidado por los asaltos. La idea era buena pero su falta de tacto para la recomendación nos llamó la atención.

Quería aprovechar de mostrarle a mi polola rincones y sitios que no necesariamente salen en los tours. Así aunque costó llegamos al ascensor San Agustín, por Cordillera en calle Castillo hacia arriba. Bonito aunque no todos justifican la subida. Al descender -por uno de los elevadores más empinados de Valpo- llegamos después de un oscuro túnel peatonal a José Tomás Ramos justo a un costado de la Plaza Sotomayor y los Tribunales.

Caminando con toda calma en calles ya conocidas, para no volver a utilizar el ascensor Concepción decidí proponer las escalas para llegar al paseo Atkinson, ganándome obviamente la reprobación de mi turista favorita.

Arriba comprobamos varias cosas; el aseo es un tema en Valpo. Ya sea por los recodos que impiden el paso y recolección de contenedores o la falta de recursos (y cultura!) que hace necesario un ejército para mantener limpios los cerros, Valparaíso pasa cinco de los siete días de la semana con contenedores llenos. Una pena porque la gente tampoco ayuda.

También se agrega que por cada perro, como en todo Chile mucho quiltro suelto sin control y calles llenas de fecas, hay al menos tres gatos. Los felinos superan con creces a los canes y se les ve en todos lados.

Aseo y guías hablando en español a extranjeros. Cosas a mejorar.

Aseo y guías hablando en español a extranjeros. Cosas a mejorar.

Además consignemos que al margen de los guías que salen a las 10 y 15 horas desde la Plaza Aníbal Pinto que andan con chaquetas rojas, nos llama la atención la gran cantidad de guías turísticos que hablan sólo en español a turistas que se nota y escuchamos a leguas sólo entienden inglés. No dudo que puedan hablar en inglés pero a la hora de las contrapreguntas sonamos.

Al ir a los cafés de Almte. Montt decidimos ir cerro Alegre abajo para luego volver a ascender por las escalinatas del clásico Pasaje Bavestrello y salir a la sombra de la también emblemática Casa Crucero.

Con más turistas que otras veces, este icono de cómo aprovechar el paisaje de modo arquitectónicamente creativo (y no con edificios Lego) está a una calle del Paseo Yugoslavo, donde destaca un mirador algo tapado y casonas bellísimas, no así la plazuela que está bastante a mal traer. El restaurant Colombina (nombre que se repite en los cerros) tampoco es parada obligada.

Casa Crucero.

Casa Crucero.

Es fácil moverse siguiendo el flujo de gente que transita por el lugar. Así que una vez visto todo, rodeamos la cuadra, admiramos las tremendas casonas y volvimos sobre nuestros pasos para subir por Urriola y su empinado camino de regreso a Almte. Montt.

Aún sin decidir dónde tomar el té y admirando algunos graffitis, entramos por el Café del Jardín, sin que nos llamara mucho la atención el nombre, pero dentro hay un pequeño pero acogedor recuadro verde que origina el título.

Allá nos tomamos su respectiva infusión, una mezcla de jugos refrescante y un café helado de lujo. Además tienen convenio de club La Tercera así que no hubo nada que regañar de este sitio con música chillout y ambientación de otros años.

La atención es dedicada y considerando que todos los locales del sector son algo pequeños, eso también los hace acogedores y el detalle verde del jardín es un buen toque.

Ascensor Reina Victoria.

Ascensor Reina Victoria.

Siempre será grato caminar por los adoquines de Almte. Montt, casi debiera tener un nombre de barrio propio. Pasamos junto al Desayunador (lo agendamos) y decidimos bajar por el cada vez más bello ascensor Reina Victoria tras pasar el breve paseo Dimalow, un otrora pasillo que se ha potenciado con sendos hoteles y lugares de entretención.

Los graffitis del centro comunitario y los aportes para adornar todo el entorno embellecieron este sitio. Abajo, por la bajada Cumming nos recibe la Casa Cervecera Altamira, que data desde 1825 e invita a los clientes por su factura artesanal y sus muestras de diferentes semillas cerveceras en tres vasitos a la mesa. Al frente a los pies del ascensor (todo en cinco metros) un café sencillo es la alternativa más sobria.

El regreso a casa lo hicimos en micro sin enredarnos mucho, ya que todas van a Plaza Victoria. La idea era subir al cerro Bellavista donde está el hostal por el ascensor Espíritu Santo, pero… estaba clausurado, sin ningún aviso. Si bien se entiende su antigüedad de un siglo, su ayuda en el ascenso de 400 metros al museo a Cielo Abierto del cerro Bellavista es una ayuda que se extraña.

Espíritu Santo rest in peace.

Espíritu Santo rest in peace.

Además de ayudar haciéndole el quite a grupos de jóvenes acompañados de una cerveza, de perros vagos y simplemente porque la escalera es eterna, es un ascensor que se extraña demasiado. Una deuda que ojalá pueda saldarse porque no hay piernas que aguanten.

Cansados y todo, nos repusimos y por la noche fuimos a Matiz, uno de los chorrocientos lugares bohemios de la bajada Ecuador, y aprobó bastante, recordándome los viejos y buenos tiempos del barrio Brasil en Santiago, ahora con precios y estilos que no le sientan.

Nos dimos el lujo de pedir micheladas y unos tragos con vodka y aunque notamos que pese a pedir variedades distintas el sabor era el mismo, aprobamos el local.

De vuelta en el salvador coleto 39 para ahorrarnos la subida y los disturbios en las escalas, llegamos exhaustos a la hostal Caracol donde ¡estaba con llave y “pestillo”!. Obviamente nos acordamos de la frase “tomen la llave”, “vuelvan a la hora que quieran” y eso contrastó con lo que encontramos y eso que apenas era la 1 AM. Por lo demás la frialdad del nochero era casi fúnebre.

Escalera kilométricas, tipo Sewell.

Escalera kilométrica, tipo Sewell.

Buenas noches, mucho por hoy.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s