[Valparaíso] Valpo día 4


Un buen comienzo en "El Desayunador".

Un buen comienzo en “El Desayunador”.

Este jueves fue el día de los hits. Quizás menos lugares pero sólo exitazos. Sólo sandías caladas pasaron por nuestro itinerario en la última jornada completa antes de volver a la cuenca santiaguina.

Prueba de lo anterior fue que comenzamos el día en un referente postergado, caminamos hacia la Plaza Aníbal Pinto y subiendo apenas un poco por Cumming volvimos al Ascensor Reina Victoria y al llegar arriba, ahí entre los cerros Concepción y Alegre en los negocios liliputenses y coloridos de Calle Almirante Montt para llegar a “El Desayunador” (Almte. Montt 399), en toda la esquina con el corredor remodelado del paseo Dimalow.

Aunque la propuesta original radica en que se puede tomar desayuno a cualquier hora del día, este gran acierto agrega almuerzos y onces, destacando como lo apunta la tendencia más que grandes cantidades un sabor inigualable y diferentes alternativas de desayuno como el “estudiante”, el “energético”, el “integral”, el “mapuche” entre otros, que le llevan dependiendo de su contundencia y línea afín, diferentes ingredientes como cereales, leche, frutas, pailas, etc. El “brunch” por ejemplo, promete dejarlo tirado.

Mural interior del local.

Mural interior del local.

Wi-fi, atención y ambiente casero, además de un horario muy acorde hasta eso de las 20 a 20.30 horas es la garantía que al menos este sitio a diferencia de otros emblemáticos, sí vale la la pena visitarlo y promete no defraudarlo.

“El Desayunador” hará que valga la pena ayunar un poco o pasar a cualquier hora del día.

Luego de comenzar el día con una sonrisa, caminamos tranquilamente por el Dimalow hasta el ascensor Reina Victoria de vuelta y tras bajar mirando a la siempre coqueta Cervecería Altamira, tomamos un trole y nos fuimos hasta la avenida Argentina, lejos de los turistas.

Túnel de acceso al ascensor Polanco.

Túnel de acceso al ascensor Polanco.

Así, sin pensarlo demasiado, divisamos el ascensor emblemático del cerro Polanco que buscamos con la vista, casi camuflado entre los caseríos y no lo pensamos dos veces. Nos bajamos y a poco andar nos rendimos ante su majestuosidad.

Por supuesto es como tantos otros monumento nacional y el túnel para acceder a él es otra singular particularidad. Recuerda otras partes de Chile y del mundo.

Un elevador vertical modernizado con tres niveles, donde al llegar al tercero se obtiene una vista poco usual del puerto, ya que turistas, fotógrafos y tours suelen irse al otro extremo, mucho más atractivo, de mayor vida nocturna y comercio.

El Polanco es un cerro eminentemente residencial, de viviendas y uno que otro bazar o local de barrio. Sin embargo desde hace rato es más que su ascensor, ese emblemática torre amarilla con tejas que emerge vigilante entre los cerros del sur porteño.

La torre amarilla.

La torre amarilla.

Mención para la pasarela; muy metálica, algo desilusionante y hace extrañar a la que seguramente era la estructura original, de madera y más acorde al resto del edificio. Más a lo Ñielol. No se diferencia de una pasarela cualquiera y ordinaria.

Luego de la foto para recordar, da gusto ver a graffitis bien hechos que rejuvenecen el entorno del lugar y le dan un sello propio y renovado al cerro y sus fachadas. El Polanco es de los lugares con más y mejores dibujos murales de Valparaíso.

De ahí entre las casas y con uno que otro souvenir en un oportuno local al bajar a pie, el camino al terminal de buses es breve. Aseguramos los pasajes de regreso a Santiago a media tarde del viernes y nos dimos otro paseo por los alrededores del mercado El Cardonal (donde hay una tienda de quesos muy buena Fundo Puerto Octay, atiende de mañana) antes de decidir que hacer.

Arco británico.

Arco británico.

Cuando noté que las cocinerías del lugar no estaban muy bien consideradas por mi partner, le propuse ir al J.Cruz a almorzar. No era tarde, pero igual tomamos una micro por Montt hacia las plazas gemelas (Victoria y Simón Bolívar). Nos bajamos en el arco británico, un hito que fue remodelado en plena avenida Brasil.  Es bueno saber que aunque no se note hay ciertas “manos de gato” que ayudan a mitigar el inevitable deterioro.

Luego de pasar por una parada de divertimento retro con videojuegos en la plaza, caminamos un poco para llegar a calle Condell.

Entre comercios, veredas angostas y esa plaga urbana llamada cableado de postes, de pronto un pequeño callejón de espaldas al cerro Bellavista cobija uno de los locales más tradicionales de la cocina porteña, el “J.Cruz”.

Callejón del Jota.

Callejón del Jota.

Famoso por sus chorrillanas, advertí a la Mayito que se trataba del tristemente típico ejemplo de un icono de la cultura popular sobrevalorado y en el ocaso de su fama. Aunque admito que la apuesta al final no salió del todo mala.

Tras esperar lo habitual fuera del lugar, considerando que eran las 14 hrs aprox, es decir plena hora de almuerzo, entramos al sucucho y la saturación es sorprendente.

No sólo visualmente con cantantes ambulantes, bancas y mesas repletas, garzones sorteando el laberinto y las paredes con vitrinas saturadas de papeles, mensajes y antiguedades. Además el calor dentro sofoca bastante.

Al desocuparse alguna vacante cuesta encajar un poco para hacerse de un sitio donde el margen de regodearse no existe. Como en todo, hay que ponerse en el contexto que se está en Valparaíso y no en Reñaca u otro sitio. Todo es parte del encanto de lo popular.

Contrario a mis prejuicios de anteriores visitas -para la Mayito era su debut- la chorrillana demoró poco, si es que 15 minutos pese a estar saturado el local, aunque todo chapoteaba en aceite. Lejos lo que más me encantó fue el terremoto. Me derribó sin asco, lo encontré filete.

Lo bueno de estos locales, es que familias, turistas nacionales o extranjeros, afuerinos de turno o clientes habitué, todos se hermanan, dejan de lado sus diferencias y se mueven para que pase el otro, se meten por debajo de los mesones omitiendo cualquier conducta quisquillosa.

Con Edison y Marta, dos turistas amigos de Porto Alegre.

Con Edison y Marta, dos turistas amigos de Porto Alegre.

Hablar de la carta es ironizar y en cuanto a la chorrillana en sí, esta llega como un buque; humeante sobre el plato y las bandejas en las yemas de los dedos del personal. Trozos de carne grande y papas fritas con harto colesterol y aunque se pagan sobre 7 lukas, lo cierto es que no tienen nada de especial.

Luego de un buen momento, donde comí lo más posible, acepté que tampoco tenía tanta hambre porque lo del “Desayunador” había sido contundente, así esto fue gula absoluta.

Algo arriba del balón, llegué al hostal y echarme en la cama me mató. La Mayito estaba algo incómoda así necesitaba el alto. Esa parada anticipó la salida vespertina.

Al anochecer fuimos por la previa a un emblemático: El Cinzano. Habíamos ido a comer alguna vez así que sabemos de su cocina, pero deseábamos probar el bar. No es menor porque están separados pero a la vez en el mismo recinto, con puertas diferentes y los tragos sólo se sirven en la barra.

Cinzano.

Cinzano.

Todo dentro es muy de picada pero es sólo la apariencia, los precios del boliche con nombre de vermouth son de promedio para arriba y aunque incómodos, los pisos de madera y el ambiente, donde habitualmente cantantes de experiencia en tangos, boleros y baladas amenizan las veladas, ayudan para pasar un buen momento.

Aunque tenía planes para salir de ahí y encontrarnos de lleno con la noche porteña, Mayito no puede ocultar su magnetismo con el Casino de Viña, así que accedí a que fuéramos por la revancha y la verdad sin tardar demasiado ya estábamos en el puente Marga Marga.

Ahora como era más tarde nos cobraron la entrada -casi 4 lukas- y nuevamente fuimos por la búsqueda fortuna pero más relajados. Paseando, bebiendo algo y sin darnos cuenta se nos fue pasando la hora. Poco nos importaron las noches de festival, aunque las cuentas fueron nefastas mi negra se entretuvo y eso es lo que cuenta.

En lo personal, creo que en las siguientes ocasiones iré por la ruleta en las columnas, parece que se me dan más aunque sean de 5 lukas hacia arriba.

Pasada la medianoche y siendo buena hora para decir adiós, tuvimos suerte y tomamos una liebre de vuelta al puerto. Había sido un día llenos de hits, de sandías caladas pero había más.

El Huevo, forever.

El Huevo, forever.

La micro se quedó con la luka completa pero ni dije nada por la hora, casi la una. Ahora, el tipo que conducía dejaba chico a Toretto de “Rápido y Furioso”; sospechosamente apagó las luces y le puso el nitro a la liebre. La manera en que voló para llevarnos a Valpo nos tenía aterrados aunque inyectó adrenalina en el regreso después de un día turisteando.

En tiempo récord llegamos al puerto y ¡sorpresa! “El Huevo” estaba abierto. No dudamos y pasamos a ver. La sorpresa fue desagradable. Le había dicho a la Mayito que era un icono porteño, de diversión, juventud, música y baile. Lamentablemente eran sus últimas horas.

Esto porque al ingresar nos topamos con espacios vacíos y “apenas” dos de sus pistas con espacios abiertos. Aunque escribiré una columna aparte, su desalojo por la ampliación de un supermercado Líder (como si la gente no tuviera donde comprar) es una pérdida tremenda y casi irreparable. Bailar a la luz de las estrellas en la azotea, con una Corona en la mano fue un mínimo y sentido homenaje.

"El compañero Yuri".

“El compañero Yuri”.

Aún en shock, la nostalgia me ayudó a recibir una compensación donde “El compañero Yuri”. La última parada en una jornada de lugares consagrados. Se trata de un rincón tradicional para el bajón tras el carrete. Había venido hace casi ocho años y claro, el compañero estaba con menos vitalidad y de seguro también sentirá el cierre del Huevo.

A pasos del mítico galpón en el bandejón de Brasil y Pudeto, este carro no ofrece churrascos, completos o ases. Acá se vende el Revolucionario, el Guerrillero o el Proletario, todos en tamaños gigantes o normales.

Un pecado que obviamente no podía dejar pasar. De ahí a la plazoleta Ecuador, el colectivo 39 y la llegada al hostal.

No puedo quejarme, fue un día de parajes notables. Mañana, el regreso a la realidad, no sin antes dar una vuelta por otra parada que hacemos siempre.

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