[COLUMNA] “El festival que merecemos”


Sábado en la mañana y la televisión no para de hablar de los vestidos de Carola de Moras como si fuera prioridad nacional. Antes el mismo horario ofrecía Teleduc y el contraste es estremecedor. Por este tipo de temas banales apenas se recordó el cuarto aniversario del 27/F y la vergüenza que debiera generar la falta de responsabilidades en la cantidad de muertos que pudo evitarse. Luego claro las señales abiertas se quejan de la irrupción del cable y otras plataformas que son ‘algo’ menos monotemáticas, aunque distan mucho de llenar el nicho de programación de calidad.

Es cierto, nos gusta comentar, criticar y calificar lo que ocurre en el Festival de Viña del Mar hacia el final de cada verano, pero no sólo lo que nos trae la parrilla musical y de variedades cada término de vacaciones, si no el lastimoso nivel en que se encuentra el otrora reconocido certamen musical de la canción y orgullo de nuestro pueblo.

Viña representa el ocaso de un icono.

Viña representa el ocaso de un icono.

No es simplemente la depreciación de los reconocimientos en el escenario, un festín grosero de salamería inventada de modo inncesario para el lucimiento de los patrocinadores, así como el modo de exprimir los segundos en pantalla para promocionar otros shows televisivos que nada tienen que ver con la naturaleza de este festival, que luce por estos días un rostro como una versión inyectada de botox comercial para lo que fueron sus inicios puros y frescos en la Quinta de los Vergara, es el todo de una decadencia irremediable.

Las canciones en competencia, su composición, riqueza sonora e historia poco importan. Ni siquiera dan para anécdota. La vorágine que ha infectado nuestro otrora orgullo nacional no parece encontrar y tampoco hace amago de intentar hallar el remedio para recuperar su esencia. La droga de los flashes, los escándalos y los paneles televisivos repletos de aparecidos o de antiguos expertos devenidos tristemente en copuchentos de turno, apuntando con el dedo lo que apenas comprenden, tienen adormecido con dinero el raciocinio de quienes deben tomar decisiones. Y el público, es lo que menos importa.

Aún asumiéndose como programa de televisión, ni siquiera en ese ítem, ajeno y lejano a lo que debería importarnos, la fineza está lejos de ser la debida para la arrogancia publicitaria y de marketing que rodea al autodenominado “festival de festivales”. Los desajustes y detalles sumaron noche tras noche sin el menor empeño por disimular los yerros y lo que antes era un complemento como la animación, termina obteniendo un protagonismo contraprudecente y absurdo.

Artistas de calidad cuestionable seguidos de una rotativa de premios que no merecen son parte de la tónica de este Viñapalooza inventado, que mezcla números de talla mundial y cantantes con merecimientos a nivel internacional con espectáculos de otras escalas, no para ese certamen que antaño mencionábamos a los extranjeros como uno de los eventos que hacían conocido a nuestro país en el mundo.

Viña en 1981. Hoy, sería una quimera.

Viña en 1981. Hoy, sería una quimera.

Hoy el sentido común pena por su ausencia y el buen gusto no existe. Lo familiar es una exigencia casi ridícula y el humor prácticamente se convirtió en una mezcla de morbo y garabatos. Las redes sociales, aunque sobrevaloradas, resultan más entretenidas que el certamen mismo. El monstruo no ruge y apenas maúlla mientras los medios infectados del circo farandulero canjean la degradación del festival por rating y auspicios.

La debacle nos tiene sumidos en la porquería, con poco para rescatar, pero al final es simplemente una versión de Viña que merecemos. La aceptamos porque en Chile aceptamos todo sin cuestionar nada. No da timidez hacer preguntas, nos sentimos obligados cuando en realidad tenemos la palabra y nos abochornamos por mero complejo ante la posibilidad de sugerir algo para mejorar lo que no nos parece.

Por eso tenemos el festival actual. Una maratón de ridículeses a toda hora en televisión y diarios otrora con sello propio convertidos penosamente en panfletos showbinistas. De nuestro querido festival de la canción queda poco, sólo queda avergonzarnos del que todos años se hace llamar ‘el escenario más importante de canción iberoamericana’ pero que en realidad no lo representa. Es el orgullo prostituido, es el festival que nos merecemos por ser cómplices de su venta al mejor postor sin averiguar sus intenciones y que la municipalidad no tuvo la valentía de enfrentar cuando aún tenía los bolsillos llenos de dinero.

Descansa en paz Viña, lo de hoy es otra cosa diferente y este engendro no tiene vuelta pero vale su peso en oro y por estos días, eso es lo único que importa a quienes toman las decisiones.

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