“Arica, siempre Arica”


Arica, 1984.

Arica, 1984.

Como esos legionarios sin patria, casi un paria. Así podría sentirme por nacer lejos de esta tierra y andar deambulando por diferentes lares de este mundo. Sin embargo, mi arraigo está en el norte, en esa soledad, calma y calidez humana que no se halla en ningún sitio. Ahí adquirí mis primeros recuerdos futboleros y la identificación con un pueblo, su gente y su historia. En mi Arica querido.

Tenía pocos años, podría apostar que aún costaba entenderme hablar, pero ahí estaba, en las gradas del mundialista de calle 18, pasando sinsabores, vibrando con los goles, rabiando con los árbitros y aunque el equipo no jugara, siempre mirando de reojo y con admiración el Carlos Dittborn, soñando con las alegrías que podía darle a toda esa comunidad hermosa y esforzada del extremo norte del país.

En Arica todo tiene historia, sus calles, sus alrededores, su morro y por supuesto su equipo. Pero sus verdaderos tesoros son sus seguidores y las vivencias de sus hinchas. No somos una cantera prodigiosa de estrellas ni contamos con el favor de las grandes empresas ni mucho menos con el de los políticos. Arica siempre ha dependido de sí misma para sobrevivir y no se queja por ello, por el contrario, yace orgullosa de su calidad humana y de la fortaleza interna que prefiere no amargarse con el desdén del centralismo.

Ante Trasandino en Los Andes.

Ante Trasandino en Los Andes.

La gente ariqueña es identificada con su zona, aguerrida pero a la vez -y a diferencia de otros- es amable con el afuerino, casi tímido, como en los pueblos antiguos, cuando la hospitalidad no estaba limitada por las desconfianzas.

Cuando chico, miraba desde el rancho donde vivíamos en Sargento Aldea las torres de iluminación del estadio y en educación física, siempre guardo los recuerdos de mi insulsa humanidad precoz corriendo por los terrenos del Carlos Dittborn. Une vez erré un penal al palo creyéndome uno de los astros de la celeste y casi no pude levantarme por no haber sido digno de fallar a la sombra de ese escenario magno.

Deportes Arica vs. Cobreloa, enero 1986

Deportes Arica vs. Cobreloa, enero 1986

Con mi papá -cuando iba- o cualquiera fuera la compañía, los domingos en la tarde aparecíamos para ver correr a Simaldone, ese crack argentino que aunque muchos veían jubilado, se daba el lujo de irse de farra y pasarse a todo el equipo rival y entrar al arco con la pelota al día siguiente.

Me río de las goleadas que le dábamos a Quintero Unido y sigo maldiciendo por ese karma de no poder ganarle a Calera en casa los sábados en la noche.

No podía creer cuando Arica le ganó una copa  a Colo Colo, estaba en la casa porque era muy chico pero por radio y Telenorte, debió haber sido la primera vez que lloraba por ese equipo. Humilde, sencillo, sin pasarle por encima a nadie, pero como dice una de las directrices de la ciudad, con una lealtad enorme a los colores y el morro en el corazón. Desde ese día viendo esa maltrecha tele en blanco y negro, mi suerte quedó sellada con la “A” gigante.

Donde mi abuelo.

Donde mi abuelo.

Mi abuelito Ricardo me hacía claque con Deportes Arica y mi abuela no era menos fanática. El descenso de 1986 nos dolió, tanto como el fallecimiento del abuelo y después también de un tío que quería mucho. Sería una larga espera antes de volver a la serie de honor del balompié nacional.

La vida me trajo a la capital pero cuando iba a Arica no fallaba, ni en el estadio ni en el cementerio visitando a los míos. Me reía como todos con las locuras del llamado “loco Badulli”, sin olvidar que es mi primo lejano, con esos que me crié de niño.

Bajar a tercera división fue un castigo a la falta de compromiso de algunos dirigentes, jugadores y técnicos. No del hincha porque ese siempre estuvo, pero fueron varios los que llegaron a firmar la planilla y echarse en los huevos.

En el amauterismo sufrimos pero ahí seguimos, llenando el estadio, jugando partidos que a veces eran una chacra y con arbitrajes incalificables. Padecimos la tragedia de “Makanaki” Godoy, una promisoria estrella que despuntaba en nuestras filas y que tras un atropello hubo que amputarle un pie, truncado su carrera y los sueños de todo un pueblo. Todo era sombrío hasta que en una tarde fresca de primavera, San Fernando nos soltó la esperada alegría del regreso al profesionalismo.

"Makanaki" Godoy.

“Makanaki” Godoy.

Incluso luego casi vamos por el ascenso a Primera A gracias al eterno “Clavito”, pero la tanda de penales nos condenó ante Palestino en el Monumental. Una vez más, gente sin compromiso, casi oportunistas como Raúl Palacios o Cristián Montecinos, no dieron el ancho.

He tenido la oportunidad de ver a Arica en el Carlos Dittborn, en el Santa Laura, el Monumental, en San Fernando, San Felipe, Coquimbo, Los Andes, La Cisterna, La Pintana y otros lares. Siempre es lo mismo, una fiesta donde quiera que el equipo juegue y el resultado, al final es casi una anécdota. Todos comparten un lazo de comunidad, de afectos comunes y de recuerdos felices que unos afortunados siguen manteniendo como vivencias.

Ya en noviembre del año 2012 había llorado como cabro chico con el agónico triunfo que nos dió el ascenso con Concepción. Volvimos al fútbol grande, pero tras 27 años y por cuentos modernos, que promedios, rendimientos y una suerte de binominal del fútbol, pese a no ser últimos, terminamos volviendo a la B.

En San Fernando.

En San Fernando.

Siempre con problemas financieros, tragedias naturales pero el apoyo incondicional de la gente, ahora Marcoleta lo hizo de nuevo, sacando lo mejor de cada jugador con presupuestos que no tenía. Eso ha dicho el inamovible Carlos Ferry en la dirigencia, “hoy todos terminan contrato y aunque no hay dinero, hay que pagar los premios comprometidos de alguna parte porque se lo merecen”, ¿qué más se puede agregar?

Ahora de nuevo vamos a luchar contra los reglamentos y el desdén de una ANFP que ni siquiera tuvo la deferencia de enviar un dirigente a entregar ‘algo’ que acreditara la calidad de primer ascendido automático y campeón de la tabla acumulada de la B.  Nada. Y el próximo torneo bajan 3 equipos.

Es una pena que al país, a los dirigentes y a nadie le convenga tener que estar viajando a Arica pero solo queda enviarles las condolencias, porque haremos lo posible por permanecer arriba.

La Cisterna.

La Cisterna.

No será fácil pero lo intentaremos, desde el tablón, la grada, la tribuna, el televisor o la radio. Somos los de siempre, los que no necesitan prender bengalas, hacer desmanes ni matar a nadie para demostrar el amor a nuestros colores. Somos tranquilos pero apasionados por lo nuestro e incluso los que no nacimos ahí tampoco necesitamos demostrarle nada a nadie para sabernos ariqueños.

Chamaco engalanó la celeste, la misma de Moscoso y con la cual Simaldone derrochó talento. Cartes o Rodríguez en puerta, un joven Mauro Meléndez, el flaco Ibarra y la dupla de oro, Cabrera-Ananías. Apenas algunos de los nombres que se me vienen a la cabeza. Ahora habría que agregar a Alegre que nos trajo de vuelta del abismo, al “Clavito” Godoy que sabe como lo queremos en esta tierra, al profe Belmar, a Marcoleta que se inscribió en la historia de los ariqueños y Carrizo, González, Segovia, Piña, Estay y tantos otros que por esas cosas del mercado de pases y la escasez de dinero en Arica, debieron dejar a veces de forma forzada el terruño.

Renato, otro de los que está en la galería de los eternos.

Renato, otro de los que está en la galería de los eternos.

Por eso esta noche da pena acostarse y esperar el día siguiente, porque al menos por ahora, siento también pena por el resto del mundo, esos que creen que se trata de otra madrugada cualquiera y no saben que para los hinchas ariqueños, esta noche es de esas eternas, infinitas, donde el nerviosismo quedó atrás y la satisfacción no nos deja cerrar los ojos.

Arica merece todo y es de esperar que se le de, porque su gente, tiene méritos de sobra, con creces, no sólo porque “mayor es su lealtad”, sino porque simplemente… Arica es y siempre será, Arica.

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2 comentarios el ““Arica, siempre Arica”

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